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Cuando un incendio forestal se apaga, uno espera que el problema termine. Pero el humo puede viajar mucho más allá del foco y transportar partículas que afectan la salud y también el clima. Entre ellas está el carbono negro, un contaminante que rara vez llega a los titulares, aunque Chile lleva años registrándolo en su inventario nacional.

La llegada de la temporada de calor volvió a poner el tema sobre la mesa. En un comunicado enviado a OHZOM el 4 de noviembre, la empresa chilena AyT advirtió que las emisiones de los incendios no desaparecen cuando se extinguen las llamas y pidió fortalecer las capacidades de monitoreo. Es una recomendación de una empresa especializada, no el anuncio de una nueva emergencia ni de niveles críticos de contaminación hoy.

El carbono negro se forma cuando materiales como madera, biomasa o combustibles fósiles no se queman completamente. Es un componente del material particulado fino y tiene una característica especial: absorbe radiación solar, por lo que también contribuye al calentamiento atmosférico. No es lo mismo que dióxido de carbono, pese a compartir parte del nombre.

Los incendios forestales pueden emitir grandes cantidades, pero no son la única fuente. También influyen la calefacción con leña, ciertos procesos industriales y motores que utilizan combustibles. Por eso, medirlo exige mirar un conjunto de actividades y no atribuir automáticamente toda presencia de carbono negro a un incendio cercano.

Qué dicen las cifras oficiales de Chile

El quinto Inventario Nacional de Carbono Negro, publicado por el Ministerio del Medio Ambiente, abarca la serie de 1990 a 2022. Para el último año de esa serie calcula 24,9 mil toneladas emitidas, un 64% más que en 1990 y un 6% más que en 2020. Estas cifras son de un inventario histórico: no deben confundirse con emisiones medidas durante noviembre de 2026.

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Según el organismo, durante la mayor parte de la serie la principal influencia provino del sector Energía, que incluye consumo de combustibles y quema de biomasa. Sin embargo, los incendios forestales cambiaron considerablemente la fotografía de algunos años, especialmente en 2017. En ese período sus emisiones alcanzaron un nivel similar al asociado a Energía.

La conclusión más interesante es que el carbono negro ya se contabiliza en Chile. El desafío planteado por especialistas no consiste en descubrir por primera vez su existencia, sino en disponer de mejores mediciones y análisis de exposición según zonas y fuentes, para actuar con información más útil.

El inventario nacional estima emisiones de actividades y sectores. Una medición de calidad del aire, en cambio, busca determinar qué cantidad de contaminantes se encuentra en una zona y momento concretos. No son lo mismo. Además, las partículas del humo incluyen muchas sustancias distintas, por lo que una sola cifra nunca resume completamente su peligro.

El humo no necesita estar al lado para representar un riesgo

La Organización Mundial de la Salud advierte que el humo puede recorrer grandes distancias y deteriorar la calidad del aire fuera de las zonas directamente afectadas. Las partículas PM2,5 del humo se asocian a efectos respiratorios y cardiovasculares, especialmente en grupos vulnerables.

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Niños, personas mayores y quienes viven con enfermedades respiratorias o cardíacas deben tener precauciones adicionales cuando existan alertas reales por humo. La OMS recomienda seguir la información de autoridades locales, reducir la exposición al aire contaminado y evitar actividades intensas al exterior durante episodios de alta concentración.

El gerente general de AyT, Carlos Saul, planteó en el comunicado que fortalecer el monitoreo ayudaría a dimensionar mejor las emisiones y orientar decisiones. Su posición apunta a tecnología de medición ambiental, pero el correo no presenta resultados de un estudio nuevo ni demuestra que una comuna específica esté por sobre una norma.

Otro aspecto poco conocido es el efecto climático. Cuando partículas oscuras se depositan sobre nieve o hielo, pueden reducir su capacidad de reflejar la radiación solar. Ese mecanismo explica por qué un contaminante asociado a una fogata, un motor o un incendio también importa fuera del debate sobre molestias respiratorias.

En OHZOM ya hemos revisado sensores chilenos que convierten datos ambientales en alertas útiles y fenómenos que se observan desde distintas regiones del país. El punto común es que una buena decisión parte por saber qué se está midiendo y con qué límites.

La pregunta para este verano no es solo cuántos incendios se logran controlar. También es cómo se informa sobre la calidad del aire después de ellos, qué contaminantes se vigilan y qué datos permiten proteger a las comunidades. El humo no respeta los límites de un mapa, y su monitoreo tampoco debería depender únicamente de que las llamas sean visibles.

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