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Un estudio detectó zonas de Santiago donde plataformas como PedidosYa, Uber Eats y Rappi no operan, pese a que se trata de sectores urbanos consolidados. El hallazgo vuelve a poner sobre la mesa una brecha digital menos obvia: no la de conexión, sino la de acceso efectivo a servicios.

Pedir comida por app ya se volvió parte bien normal de la vida urbana. Para mucha gente no es un lujo ni una novedad, sino una herramienta cotidiana: resuelve almuerzos apurados, ayuda cuando no hay tiempo para cocinar y hasta puede ser un apoyo importante para personas con movilidad reducida. Por eso llama la atención cuando el problema no está en el teléfono, en la señal o en la tarjeta, sino en algo mucho más básico: escribir la dirección y descubrir que simplemente no hay cobertura.

Ese es el escenario que vuelve a abrir un estudio sobre Santiago, donde el delivery no se estaría repartiendo de forma pareja dentro de la ciudad. Y el punto interesante es que la exclusión no se concentraría solo en zonas alejadas o rurales, como uno podría suponer, sino también en barrios urbanos donde sí hay población, calles consolidadas y vida de ciudad. La discusión, entonces, deja de ser solo comercial y se mueve hacia una pregunta más incómoda: quién queda fuera cuando los servicios digitales deciden en qué lugares sí operan y en cuáles no.

No es solo periferia: también hay barrios urbanos que quedan fuera

Según La Tercera, una investigación dirigida por el académico Nicolás Valenzuela, de la Universidad Técnica Federico Santa María, analizó la cobertura de PedidosYa, Uber Eats y Rappi en cerca de 1.800 ubicaciones de Santiago mediante automatización de consultas y georreferenciación. El resultado fue un mapa con “zonas rojas” donde las plataformas simplemente no entregan servicio, incluso en sectores urbanos consolidados.

La lógica del estudio es bien decidora porque no se quedó en casos anecdóticos ni en reclamos sueltos de usuarios. De acuerdo con La Tercera, el equipo simuló direcciones en distintos puntos de la capital y verificó directamente en las aplicaciones si había disponibilidad de despacho. Eso permitió pasar de la sospecha a una evidencia más sistemática: hay partes de Santiago donde el delivery no falla por mala suerte, sino porque el sistema ya decidió de antemano que ahí no opera.

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El paper publicado en Cities resume ese fenómeno como una forma de “algorithmic redlining” o exclusión algorítmica, y lo vincula con lo que los autores describen como el “nivel 0” de la brecha digital. Es decir, una barrera que aparece antes incluso de que el usuario pueda tomar decisiones dentro de la plataforma. En simple: no importa si tienes internet, celular o medios de pago, porque el acceso se corta antes.

Un estudio detectó barrios de Santiago donde apps de delivery no operan y reabrió el debate sobre exclusión algorítmica y acceso digital.
Un estudio detectó barrios de Santiago donde apps de delivery no operan y reabrió el debate sobre exclusión algorítmica y acceso digital.

El patrón no apuntaría a delincuencia, sino a desigualdad territorial

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio, según La Tercera, es que la falta de cobertura no mostraría una relación significativa con las tasas de criminalidad. El equipo cruzó los datos de cobertura con información oficial de criminalidad y con indicadores socioeconómicos del Censo 2024, encontrando que el factor más determinante sería el nivel socioeconómico, no el riesgo delictual.

Eso cambia bastante la conversación, porque rompe con una explicación rápida que probablemente muchos habrían comprado sin demasiado problema: que las apps evitan ciertos sectores solo por seguridad. Lo que aparece en los datos, al menos según el estudio, es algo más estructural. Los barrios de menores ingresos tenderían a quedar más expuestos a esta exclusión, aunque no necesariamente sean los más peligrosos. Y eso vuelve el problema menos operativo y bastante más político.

También hay diferencias entre plataformas. De acuerdo con La Tercera, PedidosYa concentraría la mayor cantidad de zonas sin cobertura dentro de la ciudad, mientras Uber Eats mostraría una cobertura más amplia, limitada sobre todo en sectores rurales o periféricos. Rappi, en tanto, tendría patrones intermedios, con focos de exclusión en áreas como La Legua, La Pincoya y partes del sur de Puente Alto y La Pintana. Entre las hipótesis planteadas por el investigador está el peso del modelo operativo: más bicicletas implicarían radios más acotados; más autos, mayor flexibilidad territorial.

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El debate ya no pasa solo por comida: también por acceso digital real

La Tercera recoge además la respuesta de las plataformas. PedidosYa afirma que entre 2025 y 2026 sumó más de 150 kilómetros cuadrados de cobertura en la capital, incorporando sectores de comunas como La Pintana, Renca, Maipú y San Bernardo. Rappi, por su parte, plantea que su estrategia mezcla variables operativas y de negocio, considerando densidad demográfica, conectividad vial, distancia entre usuarios y comercios, además de factores de seguridad.

Más allá de esas explicaciones, el estudio abre una cuestión bien actual para el mundo tech: cuando una app ordena la ciudad con criterios automatizados, también puede terminar reproduciendo desigualdades previas. Y aunque el delivery no sea un servicio básico en sentido estricto, su peso en la vida urbana cambió harto después de la pandemia. Para algunas personas dejó de ser una comodidad y pasó a ser una forma concreta de acceder a bienes cuando moverse no es tan simple.

En otras palabras, la discusión no sería solo si una app puede o no operar donde quiera, sino qué pasa cuando esa decisión privada empieza a parecerse demasiado a una nueva capa de segregación urbana. Porque si la ciudad digital también selecciona a quién atender y a quién no, la brecha ya no está solo en tener conexión: también está en si el sistema te considera parte del mapa.

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