Mientras más interconectado está el mundo, mayor es la amplificación de los conflictos geopolíticos, con efectos que van mucho más allá de las fronteras donde se originan. La actual guerra en Medio Oriente y la creciente tensión en el Estrecho de Ormuz, son un ejemplo claro de ello.
Lo que ocurre en esa zona estratégica no sólo impacta en la estabilidad regional, sino que también está generando un efecto dominó en la economía global, particularmente en el comercio internacional, las rutas marítimas y en los costos de la energía.
Uno de los primeros sectores en resentir estas tensiones es la logística. El transporte marítimo, columna vertebral del comercio global, depende en gran medida de combustibles derivados del petróleo. Cuando el precio del crudo sube -como está ocurriendo ahora en este contexto de incertidumbre- aumentan los costos de operación de las navieras. A esto se suman recargos por riesgo de guerra, reestructuración de rutas y mayores tiempos de tránsito.
Lo siguiente es una serie de efectos que se traduce en incrementos de las tarifas de transporte de contenedores y fletes marítimos, combustibles y productos, afectando a empresas y consumidores en todo el mundo.
En otras palabras, la crisis que vivimos hoy no es sólo de logística, sino de dependencia energética.

Para Chile, esta situación es especialmente sensible. Nuestra economía es altamente importadora y está muy expuesta a las fluctuaciones del dólar, a los costos de transporte internacional, y los mercados energéticos. Cada shock geopolítico se convierte en volatilidad económica, presión sobre los costos de las empresas y mayor incertidumbre a la hora de planificar.
En este contexto, resulta inevitable preguntarse cuánta vulnerabilidad podríamos reducir si avanzáramos hacia un sistema energético más autónomo y eficiente.
Nuestro país cuenta con una oportunidad histórica. Tenemos una de las mayores disponibilidades de energía solar del mundo y un ecosistema tecnológico que permite aprovecharla a distintas escalas. Sin embargo, todavía queda camino por recorrer para acelerar y aumentar significativamente la adopción de soluciones como la generación distribuida y el autoconsumo energético en empresas, industrias y comunidades.
Cada kilowatt-hora que una empresa puede generar por sí misma a partir de energía solar es un kilowatt-hora menos que se expone a la inestabilidad del precio del petróleo, a los costos logísticos internacionales, al tipo de cambio o las tensiones geopolíticas. En otras palabras, es una inversión directa en estabilidad.
Por eso, es importante apoyar transversalmente el fortalecimiento de la resiliencia energética. Facilitar la adopción de energías renovables, simplificar los marcos regulatorios para la generación distribuida y promover el autoconsumo, ya que no sólo contribuye a la descarbonización: también protege a las empresas frente a los vaivenes del contexto internacional y es una poderosa herramienta para ganar estabilidad, competitividad y autonomía.
Mientras los conflictos internacionales sigan impactando los mercados energéticos y las rutas comerciales del mundo, la mejor respuesta que puede dar un país como Chile es reforzar su capacidad de producir, gestionar y aprovechar su propia energía. Y en ese camino, las energías renovables -especialmente la solar- son parte de la solución.
Nicolás García
director de SOLCOR
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